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jueves, 5 de junio de 2014

Cholitas Luchadoras forman Asociación en El Alto

El director de Cultura de la Alcaldía de El Alto, Ivar Iriarte, informó el martes que se fundó la primera Asociación de Cholitas Luchadoras del país, cuyas integrantes son mujeres que participaron en eventos internacionales en los que representaron a Bolivia.

'El Gobierno Autónomo de la ciudad de El Alto, a la cabeza del alcalde Edgar Patana, la dirección de Culturas, en el día de las madres, posesiona a la Asociación de Cholitas Luchadoras', dijo a la agencia ABI.

En ocasión del Día de la Madre, que se celebra cada 27 de mayo, manifestó que se presentó a la primera Asociación del país que está formada por 15 mujeres que se dedican al deporte de lucha libre, 'que resaltan la cultura de Bolivia'.

'Estas cholitas, estas mujeres la mayor parte son alteñas y son mamás, a la par de hacer su actividad, a la par de demostrar la lucha y la cultura que ellas tienen como asociación', mencionó.

Por su parte, la secretaria general de la Asociación de Cholitas Luchadoras de Bolivia, Mariela Veranga, indicó que de 15 mujeres, que componen la asociación, 12 son madres de familia.

Asimismo, destacó que participaron en eventos internacionales, representando a Bolivia en actividades realizadas en países de la región y Estados Unidos.

'Los eventos internacionales, bueno hemos tenido uno grande, en Miami Estados Unidos en el Show de Cristina donde fuimos a representar a nuestro país', indicó.

Aseguró que cada fin de semana las cholitas luchadoras se presentan en el Coliseo 12 de Octubre, de la ciudad de El Alto, donde concurren turistas europeos, norteamericanos, asiáticos y nacionales.

ABI

sábado, 22 de marzo de 2014

Cholitas Wrestling en su auge - 2014

No falta nada para mi partida hacia Santa Cruz. Y aprovechando las fechas en las que todas las personas que viven en el exterior vienen a visitar decidí despedirme de mi ciudad. Este domingo salí con mi mejor amiga que me visita desde Chicago y paseamos un poco por las calles Sagárnaga y Linares. Buscando recuerdos para comprar y haciendo un poco de Coolhunting. No hay nada mejor que salir a pasear para refrescar las ideas y volver a inspirarse! Las telas y estampados bolivianos vienen en una variedad bastante amplia de colores. Las hay para todos los gustos. Y si te encanta la moda de apilar manillas de distintos estilos entonces no hay lugar mejor que la Calle Sagárnaga para llenarte los bolsillos de todo tipo de manillas coloridas y rusticas.

Después de nuestro paseo fuimos a la lucha de cholitas, es una vergüenza que como ciudadana paceña nunca antes haber ido pero debo decir que fue una de las experiencias mas divertidas que tuve en La Paz! Se los recomiendo muchísimo! Como el clima ya se volvió bastante lluvioso aproveche de estrenar mi parka verde militar que compre de segunda mano. Es una tela delgada pero de un color básico así que es perfecta para experimentar con capas de ropa y colores diferentes.

Pilchas




lunes, 6 de enero de 2014

Carmen Rojas y Reyna Torrez

Las super estrellas de las cholitas luchadoras bolivianas.


lunes, 23 de abril de 2012

Las Mamachas del Ring permanecen vigentes en Bolivia

Mientras recorre las serpenteantes calles de La Paz, la capital institucional boliviana y, a 12,008 pies, la más alta del mundo, la cholita arrastra una carretilla repleta de productos de electricidad: enchufes, bombillas, cables, adaptadores y transformadores. Después de disponerlos organizadamente en una tabla, toma una silla, se acomoda la colorida pollera y se sienta a esperar que los clientes se acerquen a su puesto callejero.

Pero esta actividad, tranquila si se quiere —excepto por el esfuerzo de llevar la mercadería de un lado a otro y por el ocasional estrés de no ceder ante alguien que regatea precios— contrasta radicalmente con su otra ocupación; aquella que esta cholita ama apasionadamente: la lucha libre.

Así, aquellas tardes en las que hay pelea, ella se transforma en “Carmen Rosa la Campeona”, una robusta luchadora que salta enérgicamente desde las cuerdas del ring agitando su pollera, sus enaguas y sus largas trenzas. Esta indígena aymara, orgullosa de sus raíces y de su vestimenta típica es quien lidera “Las Mamachas del Ring”; un trío de luchadoras, todas cholas, integrado por “Yolanda La Amorosa”, “Julia La Paceña” y la propia Carmen Rosa. Es ella también la protagonista de un documental que acaba de presentarse aquí en Nueva York como parte de su recorrido por festivales del mundo.

“Estuvimos ya en Buenos Aires, en San Pablo, en Montreal y en Roma”, comenta Betty M. Park, la joven directora de “Mamachas del Ring”, un proyecto que duró tres años en completarse.

Neoyorquina de padres coreanos, Betty, 32, usa los viajes como disparadores de ideas para muchos de sus proyectos. Fue así que en 2005, mientras viajaba por Perú y exploraba un puesto de revistas en Lima dio con la revista Etiqueta Negra. “Tenían en la tapa a las cholas luchadoras de Bolivia y me llamaron mucho la atención así que llamé al fotógrafo y el me puso en contacto con Carmen Rosa”.

Durante tres meses, Betty y el director de fotografía del documental, Alexander Ramírez Muñoz, se convirtieron en la sombra de estas tres cholas que, metidas en el ambiente extremadamente masculino de la lucha libre, se las ingenian como pueden para conseguir gimnasios donde luchar y para promocionar esas luchas entre los locales. El film, el primero de esta licenciada en literatura inglesa y filosofía, tiene segmentos memorables y expone honestamente las vidas de estas mujeres que luchan tanto en el ring como fuera de él.

“Al principio”, narra Betty, “me atrajo mucho conocer el mundo de Carmen Rosa que se me hacía tan ajeno al mío y me daba curiosidad. Después fue llamativo porque empecé a darme cuenta que al fin y al cabo no éramos tan distintas y que su lucha por hacerse paso en un ámbito dominado por los hombres; por seguir haciendo lo que ama y balancear eso con sus otras responsabilidades y con su familia; todo eso es muy universal. En definitiva”, agrega, “la película explora más aquellas cosas que todos compartimos que las que nos separan”.

Asiática, de aspecto sofisticado y poseedora de un aceptable pero limitado vocabulario en español, Betty logró insertarse en el universo de las luchadoras. “Al principio me veían como ‘la extranjera’ pero me las fui ganando y entendieron que yo quería de veras comprender su forma de vida, sus desafíos, sus problemas y sus logros”.

“Mamachas del Ring” es una puerta abierta al mundo de las cholitas catchascanistas y una ventana a regiones andinas de Bolivia y Perú — “Las Mamachas” han peleado allí en varias oportunidades— como Tarija, Oruro, Cusco y Quisuara. “Fue lindísimo recorrer a fondo estos países, conocer sus tradiciones y además en ambos lugares se vivía un momento político especial con la llegada de Evo Morales al poder y con las elecciones presidenciales en Perú” agrega esta directora que durante la duración de la filmación se nutrió a puro “chicharrón, papa y carne” .

Presentado ante audiencias internacionales, quienes aún no vieron el film son las propias mamachas. “Me gustaría presentarlo en Bolivia que es donde realmente pertenece”, dice Betty, “pero es muy difícil organizar algo así en el ambiente de la lucha libre porque hay muchos celos y competencia”.

Por ahora su propia lucha es que las luchadoras puedan acompañarla en alguna de las presentaciones. “Cuando viajé a Argentina, ellas no podían; después parecía que se sumaban a Montreal pero la visa para Canadá les salió tarde; así que ahí están, sumamente ansiosas por verse en la pantalla”.

Terminar el documental fue la parte más satisfactoria de toda esta iniciativa dice entre risas Betty. “Uno filma para dar a conocer esto al público y recién ahora que la película circula siento que concreté eso. Ya no es algo mío; es de la gente que lo ve, lo critica y aprende sobre este mundo que de otra forma quizás nunca hubieran conocido”.

lunes, 27 de febrero de 2012

Cholitas Wrestling y el Carnaval en Bolivia

El pasado domingo tuve la oportunidad de ingresar al Polifuncional Heriberto Gutierrez en la Ceja de El Alto, por la tarde todos los domingos se realiza un espectaculo de catch-as-can (agarrate como puedas), lucha libre estilo andino.

Me sorprendio la presencia de turistas quienes con guia turistico, refrigerios,traductor y bus incluido vienen a El Alto a ver un espectaculo unico... la de las cholitas luchadoras.

La palabra "impactante" se me viene a la mente, despues de ver el evento.

Contactos: cholitaswresling@gmail.com





Cholitas Wrestling, La Paz, Bolivia
This travel blog photo's source is TravelPod page: Subdued Carnaval and Cholitas Wrestling

domingo, 12 de febrero de 2012

Cholitas Wrestling y el Turismo en Bolivia

Por razones de un posible trabajo, ayer caí por el Polifuncional de El Alto para ver el espectáculo de lucha libre que se da cada domingo, donde el plato fuerte es, como muchos saben, la lucha de cholitas. A medida que fue pasando el tiempo la cosa se fue poniendo delirante por ciertas razones que les explico ahora.

Hace unos seis años me llamaron de una agencia de turismo para que les ilustre una especie de historieta-manual-catalogo para promocionar su circuito alternativo de turismo, dentro del cual estaba la lucha libre de cholitas (que no estaba tan de moda esas veces). Al final como que la cosa no salio como se esperaba y lo dejamos a medias (ya me habían pagado la mitad del trabajo, así que no me frustro tanto)

Lo interesante es que decidieron usar una viñeta de la historieta, una viñeta que yo diría era regular (tampoco el resto estaba muy genial que digamos) para usarla en publicidad del evento.

Pero lo verdaderamente delirante es que, justo ayer, vi como habían usado esa imagen en absolutamente todo lo que se podría utilizar (e incluso más); la usaron de logo, en etiquetas, en banners, en camisetas, en chamarras, en parches, en stickers, en las entradas y hasta en el sello que te ponen en la puerta. Ver tantas veces el dibujo repetido en todo y sobre todos me causo gracia al comienzo , pero al final ya tenia tintes pesadillescos.

Contactos: cholitaswrestling@gmail.com


jueves, 26 de enero de 2012

Cholitas wrestlers of Bolivia

Every Sunday in La Paz, Bolivia, locals and tourists alike are entertained by Cholitas, amazing ladies who seemingly look harmless dressed in huge skirts but put up a mean mean fight with Lucha Libre fighters, males in superhero costumes.

Cholita wrestlers are indigenous Aymara females in traditional bolivian clothes which resemble antiquated Victorian costumes.

Even thought, the whole wrestling action look harmless and mostly play acting. The Cholitas, female wrestlers do get hurt. Her opponent smashed a gate post on her and she really bled real blood.

Self proclaimed win from the cholita wrestler : The judge for the match was terribly biased towards the male opponent, despite throwing the male fighter down several times, this Cholita wrestler officially lost due to extreme biasedness from the judge but that didn’t stop her from a self-proclaimed victory.

Travel Lust



martes, 10 de enero de 2012

Cholitas Luchadoras Made in Bolivia

Mujeres de mediana edad, vistiendo faldas, sombreros y las tradicionales faldas largas, luchan hasta el fin, en uno de los deportes más extraños del mundo – la lucha libre femenina boliviana.

Estas combatientes vestidas extrañamente – en su mayoría madres y amas de casa – son héroes en el país de América del Sur, donde miles de personas se reúnen para ver los episodios cada semana.

Las luchadoras, son conocidas como “Cholitas”, y es extraordinariamente difícil el competir, las mujeres saltan desde las cuerdas, volando por el aire y golpeándose unas a otras con verdadera fuerza.

Lesiones y caras ensangrentadas son comunes – las normas permiten que las combatientes puedan romper cajones de madera sobre las “cabezas de las demás”.

La lucha libre de Cholitas, fue creado por un grupo de madres campesinas hace décadas – como una manera de reivindicación de las mujeres indígenas hacia el machismo los hombres.

La vestimenta de las mujeres luchadoras es la forma común en Bolivia – con sus distintivos diafragmas, medias, chales y sombreros de bombín. Y el deporte es cada vez más popular, hasta ser uno de los deportes con más espectadores en el país de América del Sur.

Las Cholitas, se entrenan dos veces a la semana – con muchas sesiones de entrenamiento en la capital La Paz, las mujeres se golpean entre sí y prueban nuevos movimientos acrobáticos.

Los combates se celebran cada domingo, previo a los campeonatos del prestigioso título de Titanes del Ring de Bolivia.

Una de los combatientes, Ana Polonia Choque, de 40 años, tiene un puesto humilde donde sirve almuerzos, durante la semana en La Paz. Pero, llegado el fin de semana, se sube al ring como Carmen la campeona.

Ana dijo: “Empecé hace diez años, en la lucha libre cuando gané una audición local”. ”Estamos mostrando a los hombres que las mujeres son fuertes también”.

“Mi esposo Oscar no quiere que sea luchadora cuando se pone sangrienta la pelea – pero tener una Cholita, como esposa, es tener mucho prestigio".



Contactos: cholitaswrestling@gmail.com

Cholitas Luchadoras en el Multifuncional de la Ceja de El Alto 2

Es un especta¡culo de lucha libre estilo americano con la mejor adaptacion en los andes bolivianos introduciendo a la chola o mujer de pollera al ring o cuadrilatero de lucha, cholitas wrestling es parte integrante de la asociacion de LOS TITANES DEL RING , que son un grupo de luchadores que tienen una amplia trayectoria en la lucha libre en Bolivia.

Contactos: cholitaswrestling@gmail.com







Cholitas Luchadoras en el Multifuncional de la Ceja de El Alto 1

La lucha libre también es un atractivo que se puede apreciar en esta urbe, cada tarde de domingo en el Multifuncional Heriberto Gutiérrez de La Ceja de El Alto se realizan eventos de lucha libre, donde los ocasionales rivales dan todo de sí para vencer al otro y así ganar los vítores del público asistente.

Mi padre me cuenta que antes existían ya eventos de este tipo y denominados con el nombre de cachascán.

Contactos: cholitaswrestling@gmail.com








jueves, 5 de enero de 2012

Cholitas Luchadoras y su última batalla

Tres mujeres indígenas bolivianas subieron al ring, mostraron sus aptitudes y alcanzaron fama y dinero; pero alguien más ganaba mientras ellas sudaban. Desde La Paz enfrentan hoy una batalla contra el negocio de la lucha comercial.

Carmen Rosa deseaba que su madre fuera luchadora del ring. Deseaba, en realidad, que pudiera defenderse de los golpes que le llovían cada vez que su padre llegaba borracho a su casa. Deseaba también que él ya no tomara alcohol y que sus hermanos se la llevaran a vivir con ellos. Carmen Rosa entonces tenía menos de 12 años y se llamaba Polonia Ana Choque Silvestre.

Son las tres de la tarde y el sol invernal en La Paz brilla pero no calienta. En las empinadas y angostas calles del centro, hombres y mujeres zarandean las caderas en medio de vehículos para no ser atropellados. Vendedoras regordetas, abrigadas de pies a cabeza, están apoltronadas en el suelo con las piernas metidas entre las polleras. Las empinadas calles Sagárnaga, Tarija y Santa Cruz albergan hostales, restaurantes italianos, bares ocultos, comida árabe, tacos, comida chatarra, comida boliviana, negocios de artesanías y agencias de viaje, muchas agencias de viaje.

Casi todas ofrecen turismo extremo. Excursiones por caminos de herradura que recorrieron los incas y descensos en bicicleta desde las cumbres nevadas hasta la zona tropical de La Paz. Otras organizan ascensos de más de seis mil metros de altura, o un safari por las selvas amazónicas. Están aquellas que tienen tours por la ciudad y las que encontraron desde hace algunos años un entretenimiento que impresiona a extranjeros y divierte a nacionales: la lucha libre de cholitas. “¿Qué es una chola?”, pregunta el periodista inglés Toby Muse, alto y de ojos claros, a Carmen Rosa, pequeña, gruesa y tez cobriza. “Es una descendiente indígena, que siempre ha sido discriminada y que ahora sabe hacerse respetar”, responde ella, orgullosa.

Vestida con pollera ancha de satín, zapatos planos como de bailarina de ballet, una manta bordada y un sombrero bombín coquetamente ladeado, la chola es patrimonio de la cultura boliviana. Por las calles de La Paz camina moviendo las polleras al ritmo de sus pasos. Se dice de ella que heredó la vestimenta de la mujer española, de faldones anchos con volados encima de los cancanes, mantilla de colores y adornos vistosos. “Pero todo esto es típico”, asegura Calixta Choque, mostrando su atuendo cotidiano: pollera delgada y una chaqueta de lana (chompa) sobre la que caen un par de trenzas largas y muy negras.

Desde siempre lucir la indumentaria de la chola ha sido símbolo de estatus. La indumentaria suma los topos (broches para cerrar la manta), pesados aretes, anillos y adornos en el sombrero, muchas veces de oro, de plata bañada en oro o de simple fantasía. Ello sin contar las aplicaciones en los dientes —también de oro— que casi todas exhiben cuando sonríen. “No cualquiera puede ser chola, porque no cualquiera puede pagarse una parada”, insiste Calixta. La parada es el conjunto de pollera y manta que cuesta mil 500 bolivianos (más de 200 dólares). Hay sombreros bombín, como el Borsalino italiano, que puede llegar a costar 500 bolivianos (unos 80 dólares) y las joyas sumarían más de mil dólares. Se dice que una chola de verdad puede llevar encima 10 mil dólares, como cuando cambia la manta de colores por una de vicuña original. Pero en Bolivia ser chola no siempre es motivo de orgullo, porque el denominativo suele usarse de manera despectiva, como un insulto.

Polonia se volvió tímida. De golpeador, su padre pasó a ser cristiano evangélico y toda la familia decidió seguir los designios de Dios. Ella se fue a vivir con sus hermanos mayores en la popular zona de Achachicala. Se hizo artesana, hacía pulseras y collares para que los lucieran las señoritas, como les dice ella a las chicas de pantalones de mezclilla apretados y blusas escotadas. No terminó el colegio porque le tocó trabajar y puso un puesto de venta de sus creaciones, en el mismo centro paceño, donde ahora vive. El negocio creció y compró otro espacio, esta vez para vender enchufes y cables.

Pero un buen día se aburrió, y se convirtió en Juana La India y luego en Carmen Rosa. “Yo la conocí siempre así. Le gustaba la lucha libre y me llevaba a mí a mirar, cuando enamorábamos. Yo me sentaba, aburrido, para darle gusto, para que no renegara”, recuerda su pareja, Óscar Cahuasa, pequeño y bonachón, de rostro moreno.

Los domingos son los días del pueblo en La Paz. Las cholitas salen con sus mejores galas a pasear con los enamorados. Algunas prefieren bailar en discotecas modernas, a ritmos de cumbia mezclados con música andina. Otras se sientan en las plazas a comer frutas y maníes (cacahuates), recorren las ferias o van a fiestas populares. Y están las que acuden a espectáculos de lucha libre, instalados en barrios alejados del centro o en la vecina ciudad de El Alto. Allí fue que en 2004 Polonia leyó un día que el gimnasio de luchadores abriría sus puertas “a la gente común” e invitaba a entrenarse. “Yo fui sin dudar”, dice ahora, en el negocio que puso luego de dejar los puestos de artesanías y enchufes, para instalar un quiosco en el que vende comida; en la calle Murillo 826, entre Santa Cruz y Sagárnaga.

A nadie le llamó la atención que cholitas asistieran, ni imaginaron el morbo que despertaría en el público ver volar polleras y enaguas. Comenzaron los entrenamientos, las caídas, los golpes, las llaves. No todas aguantaron, y algunas desistieron por exigencia de sus esposos. “Un día hicimos un show para la prensa, gratis. Vinieron de la tele, de los periódicos, de las radios. Al día siguiente salimos en el diario La Razón”, recuerda Carmen Rosa, que en ese momento se llamaba Juana La India, “orgullo de su raza”, detrás del mostrador de un bar que atiende a mediodía. Rosa La Furiosa, María La Cachuk’ara, Petronila y Juana La India fueron las primeras en salir al ring. Julia La Paceña y Yolanda La Amorosa, ante el retiro de tres de las cuatro originales, entraron a las tablas; todas con hijos, con cuerpos poco atléticos y más de 30 años. Juan Mamani, El Gitano en las luchas, se atribuye el “descubrimiento”. Él fue quien abrió el gimnasio y lanzó la convocatoria, y él era quien pactaba las peleas de las nuevas estrellas. Las cholitas llegaron a Argentina, visitaron varias regiones de Perú e incluso una de ellas —Julia La Paceña— estuvo con Cristina Saralegui en el famoso show de la rubia. Filmaron dos películas con sus historias (Mamachas del ring y Cholita libre) y el vídeo pirata de sus luchas internacionales se vendió como pan caliente.

Domingo. La Ceja de El Alto es un hervidero de gente, la mayoría migrantes indígenas que llegan a la ciudad en busca de días mejores. Desde los cuatro mil metros de altura se ve La Paz, con casitas colgadas en los cerros y edificios gigantes en el centro. Al frente está el nevado Illimani, como pintado, esperando la foto. En las puertas del Multifuncional deportivo, la gente —especialmente niños— se agolpa esperando entrar para ver el espectáculo. Apenas son las dos de la tarde y vendedores de golosinas y cereales tostados dulces rondan como abejas a los futuros comensales. En unas horas más todos entrarán eufóricos a ganar un buen espacio. “Un día nos dimos cuenta que habíamos llegado a la fama porque nos llegaban más y más invitaciones para viajar con todo pagado”, recuerda Carmen Rosa. Y de la mano de ese éxito llegó el dinero. “Las primeras luchas nos pagaban 20 o 30 bolivianos (menos de cinco dólares), luego fue aumentando, pero nos enteramos que en un viaje a Perú le pagaron (al Gitano) mil 200 dólares y él apenas nos dio 200 para que nos repartiéramos entre cuatro. Después supimos que también cobraba por las entrevistas que nosotras dábamos. Yo empecé a descuidar a mi familia. A mi marido no le gustaba que yo luchara y a mis hijos tampoco, peor cuando viajaba. Muchas veces preferí la lucha antes que a ellos”, cuenta Carmen. Pero Óscar, su pareja, ahora es árbitro de las contiendas y lo presentan como Gato Montini. Con el tiempo aprendió que era mejor unirse que oponerse, y la rabia cedió cuando Polonia dejó de ser Juana La India para pasar a ser Carmen Rosa, en honor a su suegra, la madre de Óscar. Con ese nombre ganó el cinturón de campeona.

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Domingo cuatro de julio. En la zona Ocho de Diciembre de La Paz hay una casa multifamiliar en la intersección de las calles Jaimes Freyre y Rosendo Gutiérrez. Es grande, con un patio de cemento al centro y habitaciones alrededor. En la fachada de ladrillo que da a la calle un letrero amarillo de tela anuncia los nombres de luchadores. A la entrada, al lado de la puerta de latón, otro cartel muestra la foto de tres cholitas, “las originales”, anuncia. Hay festival, pero la hora de inicio depende de la cantidad de público que asista. Éste es el nuevo escenario de Carmen Rosa y su amiga Julia La Paceña, abierto a todo aquel que quiera pelear y que no tenga dónde hacerlo. Lo único que no está permitido —aseguran— es la traición. Óscar arma el ring los sábados en la tarde. El cuadrilátero lo compró junto a su pareja, cansado de tener que pagar los 150 bolivianos (poco más de 20 dólares) que le cobraban por el alquiler. “Nos costó como dos mil dólares”, asegura.

Antes de las tres de la tarde del domingo, llega Rebeca Condori junto a su hijo Fernando de siete años para arreglar algunos detalles. Afanada, amarra duros almohadones en las esquinas para amortiguar las caídas de los pesados cuerpos. Luego extiende unas gastadas lonas con el logo de una telefónica en el piso; regalo de aquellos días de éxito cuando filmaron spots publicitarios. Después acomodará unas largas bancas de madera y muchas sillas de fierro para ponerlas alrededor. Más tarde, como Julia La Paceña, le romperá la cabeza a Carmen Rosa con una caja de madera.

Rebeca viene de una estirpe de luchadores. Delgada, de rostro largo y algunas líneas en el rostro, está a punto de cumplir 35 años. Su padre fue luchador y su hermano es luchador. Ella aprendió de ambos hace 12 años, “pero antes no dejaban luchar a las cholitas”. Cuando vio la convocatoria en El Alto fue como si le abrieran las puertas. Desde entonces es La Julia. Contrariamente a la vida de Carmen Rosa, a ella la apoyaron desde el principio sus hijos y hasta su esposo, que trabaja arreglando partes de vehículos. Un día se lastimó la clavícula y el hombre tímido detrás de la famosa le dijo que no luchara más, que no valía la pena, que ellos no tenían seguro de salud. “Pero yo no pude. Cuando miraba luchar a otros, quería meterme y aunque no lo hago por plata, también me gusta ayudar a mi marido”.

Julia fue la que se animó a alquilar el patio de esta casa a su tío, a mediados de este año, cuando ella y Carmen Rosa decidieron ser independientes. Paga por el uso de las sillas y de lunes a viernes alterna sus labores en la casa con la promoción de los festivales dominicales, para que la gente conozca el nuevo lugar de las cholitas luchadoras. Junto a Carmen Rosa manda a imprimir volantes, sale en un auto por los barrios populares a anunciar sus peleas y va a los medios de comunicación mostrando parte del show. La idea es —dice— recuperar al público que las conoció y que ahora piensa que ellas continúan en El Alto, porque les pusieron sus nombres a otras mujeres más jóvenes “que sólo se convierten en cholas los fines de semana”.

Como a las cinco abren la puerta y niños agarrados de papas fritas y golosinas entran desaforados con sus padres. Después de varios minutos, unas 50 personas empiezan a gritar “¡hora!” para que empiece el espectáculo. El Payaso Coco Loco y Salvaje son los primeros en pisar la lona. Alí Farak, el árbitro pequeño y delgado que se parcializa con los rudos, recibe silbidos y le lanzan basuras desde las bancas. Adentro, en los camarines, se vive otra fiesta. Cada luchador se prepara a su modo antes de entrar al cuadrilátero. Algunos, fieles a sus costumbres aymaras, ch’allan (agradecen) a la diosa Pachamama o madre tierra con un poco de cerveza, otros simplemente se concentran. En la segunda pelea aparece Barba Negra. Macizo, de traje rojo, inicia su show insultando al contrincante, un torero panzón de corbata corta, pero el momento cúspide será la tercera pelea.

Carmen Rosa es ruda. Enfundada en una manta guinda y una pollera del mismo color entra agarrando una bandera boliviana, como lo hizo la primera vez que se mostró en Argentina. Sus manos adornadas en oro se agarran de las cuerdas y pese a esos kilos de más, sube con la facilidad de una atleta. Insulta. Grita. Despotrica. “Ellos no son nada”, aúlla en el micrófono, refiriéndose a los hombres. Su contrincante, La Julia, también entra gallarda, aunque no con tanta fuerza como la campeona. Ella es técnica y, esta vez, ganará la partida.

La lucha dura 20 minutos. Puñetazos, saltos, caídas. Un hombre gordo de bigote grueso insulta al fotógrafo que no le deja ver la lucha. Una mujer agarra al árbitro y lo golpea. Sale otro luchador y ayuda a Carmen Rosa. La sangre corre. Gato Montini, el árbitro que entró en lugar de Alí Farak, termina con la camisa destrozada. Cae desde el ring y otro rudo lo mete al camerino a empellones. En el afán, le golpean la cabeza. “Ha sido un buen show”, dirá después, cuando todos celebran el cumpleaños de Farak con un pedazo de pan guardado.

Como a las siete de la noche todo ha terminado. Los luchadores se quitan las máscaras, envuelven los trajes; Benita se saca las polleras y se pone los pantalones de mezclilla. Tiene 29 años y estudia enfermería. “Mi madre es de pollera, pero yo no puedo ir así a la universidad, porque todavía hay discriminación”, reclama. Dice Carmen Rosa que de las casi 20 cholitas que se dedican a este deporte —la mayoría en El Alto, con El Gitano— sólo tres son “originales”. El resto son “señoritas que se disfrazan. Hay tan pocas que incluso hay una que entra con una máscara, pero en realidad es un hombre con el pelo largo”.

El quiosco donde Polonia prepara su comida es pequeño. Está dentro de una casa antigua, de dos patios, donde vive con su esposo y sus hijos, Lucía Corina (23) y Bismarck (17), también luchador. La mujer gallarda y elegante ha quedado oculta detrás de un delantal y un gorro blanco que esconde esporádicas canas. Los lunares que ayer lucían coquetos al lado de sus ojos ahora están detrás de un par de gafas. Entre ollas, platos y fuentes de plástico, la mujer empieza su jornada a las seis de la mañana. De lunes a viernes prepara comida para 70 comensales y al nacer la tarde se encarga de recoger todo, cobrar y asear el lugar. Los sábados después del mediodía se va a los entrenamientos, casi siempre con ropa vistosa, porque los periodistas continúan llamándole.

Rebeca también deja los golpes para los fines de semana. Los demás días es la mamá de dos chicos, a los que les gusta verla pelear. Le encanta bailar morenada, el ritmo folklórico donde nuevamente la chola luce sus mejores galas y se mueve como arrastrando los pies al ritmo de una banda. Quizá este placer sea el único que puede compararse al que siente cuando sube al cuadrilátero. A este dúo hasta ahora inseparable se supone que debería sumarse Yolanda La Amorosa. Alta, de manos largas y rostro agraciado, ella ha preferido continuar sus luchas en El Alto. La conocí un sábado que llegó a entrenar junto con sus amigas en la casona del barrio Ocho de Diciembre; es la más animada y la más bromista de las tres. Cuando se juntan, el típico grito paceño de “¡yaaaa!” se oye cada vez que termina una frase. Tanto Carmen Rosa como Julia esperan que en algún momento ella vuelva para formar un trío imbatible, pero entre broma y broma La Amorosa dice que por el momento gana más junto al Gitano.

Polonia tiene ya 40 años y piensa en el retiro. En abril fue candidata a cuarta concejal por su ciudad, invitada por Lino Villca, un ex aliado de Evo Morales. No obtuvo muchos votos, pero pretende seguir en la carrera política. Quiere terminar el colegio para dejar de engrosar las odiosas estadísticas que dicen que la mayoría de las mujeres indígenas no logra terminar el colegio ni una carrera por falta de oportunidades. Pero también quiere formar a nuevas luchadoras, cholitas jóvenes que ocupen su lugar cuando se vaya. Julia en cambio piensa seguir luchando hasta que el cuerpo se lo permita. “La Carmen ya tiene 40 y está muy bien”, sonríe. Para ella el sueño es seguir viajando, consolidar esta pequeña empresa y hacer una asociación de luchadores justa, que tengan seguro de salud y donde sean tratados como se merecen.

Ninguna de ellas vive estrictamente de la lucha libre. Saben que sería imposible. Un luchador famoso cobra 300 bolivianos (más de 40 dólares) por asistir a un festival y los más jóvenes todavía deben trabajar duro para aprender a dar el espectáculo que el público exige. Mientras tanto, Carmen Rosa está dispuesta a dar pelea, y Polonia a ayudarla.

MSemanal

Rlloretc

martes, 27 de diciembre de 2011

Cholitas Luchadoras son Diosas del Ring en Bolivia

Las mujeres indígenas que practican la lucha libre se han
convertido en un ícono de Bolivia.
Algunas son explotadas como espectáculo para turistas,
pero otras son emancipadas y valientes
como Carmen Rosa, la diosa del ring.

Frente al espejo del camerino, Carmen Rosa le reza con la cabeza gacha al Señor Jesús del Gran Poder. Le sudan las manos, se muerde los labios, tiene miedo. Acaba de cumplir 40 años y su pelo trenzado ya tiene las raíces tan blancas como las nieves del Illimani. La edad es un factor de riesgo para el combate que tendrá en pocos minutos contra la temible Rosa la paceña.

Pero hoy el origen de sus miedos no está en la pelea sino en el desafío que enfrenta en las elecciones. Lleva dos meses haciendo campaña como candidata al Concejo Municipal de La Paz y al final de este día de comicios sabrá si alcanza el triunfo político. Esta mujer aimara se ha propuesto ganar en las urnas y en el ring.

El público entretiene la espera al ritmo de la tecnocumbia. Las mujeres bailan, los niños corretean y los hombres amasan bolas de hoja de coca que se meten bajo el cachete para ir mascando durante toda la tarde. Por diez bolivianos (unos 2.500 pesos) una familia entera tendrá diversión por tres horas. El precio equivale a diez pasajes de bus urbano o al valor de una botella de agua en un hotel de lujo.

La canción de Rocky III, “Eye of the tiger”, anuncia con su rasgueo eléctrico el inicio del espectáculo. Carmen Rosa desfila con altivez exhibiendo su pollera dorada de cuatro enaguas, la manta de lentejuelas que le trae suerte, el sombrero bombín que aún paga por cuotas y el cinturón que la acredita como campeona nacional de lucha femenina.

Ya en el cuadrilátero, su sonrisa pícara adornada con incrustaciones de oro en los dientes frontales se transforma repentinamente en las fauces de una leona. Ningún espectador se imaginaría que tras su gesto bravucón hay un corazón que late de nervios a la velocidad de un ventilador.

En cuanto el árbitro dé la orden, empezará la pelea…

Espíritu indomable
La pose desafiante de Carmen Rosa es el resultado de un vida rebelde. Desde la infancia aprendió el oficio familiar de recolectar hoja de coca en el Valle de los Yungos de donde son sus raíces y se gastó la juventud entre las cuatro cosechas anuales que deja esta planta sagrada; sin embargo, se aburrió de la rutina y contra el mandato de su padre agricultor se fue a La Paz a probar suerte como artesana.

En la ciudad conoció a Oscar Cahuasa a quien convirtió en su marido, en padrastro de su primogénita, en socio de su negocio de bisutería y en coautor de su hijo Bismarck, bautizado así en honor al legendario luchador mexicano que alguna vez doblegó a Santo “el enmascarado de plata”.

Hace una década, cuando sus niños lograron por fin saltar a la adolescencia, Carmen Rosa desempolvó su sueño de ser luchadora: no del estilo deportivo que se ve en los olímpicos sino del arte acrobático con toque teatral. Sus nuevos colegas recelaron de su condición femenina, indígena y de pollera, y su propio marido se opuso cuando empezó a ver a su mujer descalabrada por la muenda que aguantaba en la tarima.

Sin embargo, ella esquivó los reproches con la misma fortaleza que la hizo invulnerable a los golpes. Dejó el trabajo, mejoró en cada entrenamiento y se unió a un empresario con buen ojo para los negocios que vio en la pelea de mujeres de pollera un acto exótico para atraer turistas. El hombre rebautizó la función con el nombre de “Cholitas Voladoras” y montó toda una industria de espectáculo rudo en el multifuncional de la población de El Alto.

La estrategia tuvo éxito inmediato, los extranjeros inundaron de dólares la taquilla y las agencias de viajes diseñaron costosas excursiones para sumergir a sus clientes en lo más hondo de la cultura popular. Pero el empresario amarraba la plata mientras las luchadoras se ganaban los moretones.

Carmen Rosa se indignó al ver que el salario no mejoraba, que les incumplían la promesa de obtener seguridad social y que la fama no le rentaba ni un poquito al bolsillo; por eso armó una disidencia y fundó la asociación de mujeres luchadoras “Las Diosas del Ring” por el orgullo, la identidad y el respeto.

Con ella se fueron Yolanda “la amorosa”, Julia “la paceña”, Claudina “la maldita”, Rosita “la rompecorazones” y Anita “la vengadora”. Fue tal la rabia del empresario con esta fuga que rebautizó a la luchadora más corpulenta que le quedó en su negocio con el nombre de Carmen Rosa. Desde entonces, nuestra protagonista se presenta como Carmen Rosa “la verdadera”.

En lugar de actuar para los turistas, Las Diosas del Ring convocan a la gente del barrio en el coliseo Villa Victoria de La Paz. Su nuevo manager es “Criatura de Dios”, un hombre de 90 centímetros que se presenta formalmente con el apodo de Chucky (por el muñeco de la película) y que no voltea a mirar si se le llama por su nombre de pila que es Cresencio.

Chucky se convirtió en el luchador más famoso del país el pasado mes de marzo cuando, en pleno día del padre, su joven esposa que casi le dobla la estatura dio a luz a su primer hijo. El periódico más leído de Bolivia que se llama La Razón les dio primera página.

Empieza la lucha…

“Criatura de Dios” da la señal y empieza la pelea. Carmen Rosa revienta en un tornado de patadas voladoras para provocar a Julia la paceña quien devuelve la amenaza con una rutina de puños al aire. Las dos luchadoras corren por el entablado, agarran impulso y se empujan como fieras.

Bismarck observa la lucha, pero su atención está pegada a la emisión de los resultados electorales por la radio. Estos comicios de 2010 son históricos no sólo para su mamá candidata sino para todo Bolivia puesto que por primera vez se eligen gobernadores y asambleístas por voto popular, al tiempo que se promueve mayor autonomía indígena en las Alcaldías y Concejos.

Carmen Rosa deja que la paceña la inmovilice con una llave de judo, por andar distraída pensando en política. Sueña ser concejala para traerle seguridad a su barrio y evitar que la comunidad, ante la falta de fuerza pública, siga linchando a los delincuentes bajo la sentencia: “ladrón pillado será quemado”.

La bandera de esta luchadora es el respeto a la vida; y justamente por ese contraste entre su liderazgo pacifista y su rudeza en el cuadrilátero fue escogida como protagonista de la cinta estadounidense “Las mamachas del ring” y de la película alemana “Cholita Libre” que se estrenará en el festival de cine de Locarno.

Julia aprovecha el nerviosismo de su competidora para lanzarse encabritada contra ella con la fuerza de un huracán. El público se queda sin aliento: Carmen vuela piernas arriba, trenzas abajo, enaguas al viento y se enrosca en vuelta de carnero hasta caer estrepitosamente sobre los tablones del escenario.

Tendida en el piso y aplastada por su rival, Carmen Rosa piensa que su dolor físico tiene su recompensa. Gracias a la lucha libre ha sido aplaudida en el extranjero, ha montado en avión y ha conocido el mar, aunque la ganancia es tan poca que para pagar el cuarto donde vive con su familia tiene que vender almuerzos ejecutivos por un dólar en un kiosko de comidas.

La campeona se siente agotada. Para rematar, su hijo Bismarck le da a entender por señas que la radio no trae buenas noticias sobre las votaciones. El público grita: “que se rinda, que se rinda”. La predecible derrota en las urnas la tiene a punto de capitular en el ring. Pero, ¿por qué rendirse?, piensa. Ya vendrán otras elecciones y otra esperanza. Hace diez años una mujer de pollera como ella sólo aspiraba al servicio doméstico y hoy puede ser luchadora, candidata y dirigente.

Con este pensamiento como ilusión, Carmen Rosa se levanta, despliega una coreografía de golpes, ejecuta un salto mortal que le da el triunfo sobre Julia la paceña y con los brazos en alto lanza el grito de batalla que todo boliviano lleva en el corazón desde los tiempos de la guerra contra Chile: “¿Qué me rinda yo? Que se rinda su abuela, carajo”.


Reporterita

Contactos: cholitaswrestling@gmail.com

Fighting cholitas y cholitas wrestling desde Bolivia

La lucha libre entre cholitas paceñas ya es un fenómeno global.

Se trata de un espectáculo muy llamativo porque usan sus trajes típicos durante las peleas y son muy fieras para defenderse.

También las llaman ‘las diosas del ring’.

Carmen Rosa, ‘la Campeona’, es la reina del cuadrilátero. Adornada con joyas brillantes y aplicaciones de oro en los dientes, gallarda se pasea por el escenario saludando a su público.

“Los hombres no son nada sin nosotras”, grita en un momento, arrebatándole el micrófono a un tímido narrador que se achica de sólo verla.

Es domingo y esta mujer va a luchar como una adolescente, pero va a perder la batalla.

Son casi las tres de la tarde y una pequeña fila de niños acompañados de sus padres se ha reunido en una casona del barrio 8 de Diciembre de La Paz. Ansiosos, todos esperan que la puerta de latón se abra para tomar por asalto las sillas metálicas y las bancas de madera que fueron acomodadas para la ocasión.

Hoy la lucha se perfila buena. Se enfrentan ‘la Campeona’ y Julia, ‘La Paceña’. La una es ruda y representa a los malos, la otra es buena y se supone que tiene técnica.

Antes lucharán los hombres: enmascarados gigantes de trayectoria extensa. Luego se enfrentarán dos parejas conformadas por una cholita y un hombre.

Sobre las 16:30 horas, con el aforo lleno, se inicia el espectáculo. ‘Salvaje’ y un torero panzón con corbata corta inician el trajín.

El sol invernal paceño apenas calienta a los asistentes que, emocionados, empiezan a insultar a ‘Salvaje’ por no respetar las reglas. Hay gritos, desestrés. Una mujer le lanza una botella de plástico al árbitro. Esta vez ha ganado el malo.

Al cabo de varios minutos, la lucha más esperada: la de las cholitas Carmen Rosa y Julia, ‘la Paceña’. La primera ya se acerca a los 41 años; la otra, a los 36.

De pronto, Carmen vuela por los aires y las polleras se lucen en su esplendor. Julia golpea y, olvidando sus buenas técnicas, saca una caja de madera de debajo del ring y se la rompe en la cabeza a su adversaria.

A esta hora ya han pedido que cambien el árbitro, un hombre moreno al que llaman el ‘Gato’ Montini intenta poner orden.

Es inútil, la lucha ha salido de control y el desenfreno provoca adrenalina en el público. Esta vez gana la buena y ha dejado a Carmen Rosa con la cabeza rota.

La lucha de cholitas se ha convertido desde hace algunos años en otro atractivo turístico de La Paz, debido a la fama que les han dado los periodistas extranjeros.

Admirados de ver a mujeres de ascendencia indígena luchando de igual a igual entre ellas y contra los hombres, llegaron desde todas partes del mundo a filmar y escribir sobre este deporte. Tanto, que ya hay dos películas y un sinfín de documentales en su honor.

La fama, sin embargo, les ha costado el abuso. El empresario que las hizo pelear por primera vez, Juan Mamani, ‘Gitano’, empezó a cobrar mucho dinero por llevarlas de viaje a Argentina, Perú e incluso Estados Unidos, mientras que a ellas apenas les llegaban migajas.

Luego, al ver el interés de la prensa, decidió cobrar por cada entrevista que ellas dieran.

Cansadas de la situación, Carmen Rosa (Ana Polonia Choque Silvestre) y Julia (Rebeca Condori) decidieron independizarse y organizar sus propias luchas.

Desde finales de junio de este año, alquilaron una casa en el barrio 8 de Diciembre de La Paz, donde todos los domingos muestran sus artes.

La entrada cuesta diez bolivianos (un euro) para los nacionales y dos para los extranjeros. “Esta es nuestra nueva apuesta”, asegura Carmen Rosa, que de lunes a viernes deja los golpes y vende comida en un pequeño quiosco del centro paceño.

Dina demostró ayer por qué le dicen “la reina del ring”

Dina demostró ayer por qué le dicen “la reina del ring”. Y es que en una lucha de menos de 15 minutos logró tumbar a su contrincante, Satinador, que ingresó con un traje camuflado, de ésos que utilizan los militares.

La contienda comenzó en el cuadrilátero que fue ubicado en el garaje de la Cinemateca Bolivia, donde además de esos luchadores se presentaron Bismark Junior y Tobi, entre otros, que hicieron vibrar al público con sus movimientos y con la rudeza con la que se enfrentaban cuerpo a cuerpo.

Dina, que ingresó ataviada con una manta roja y una pollera multicolor, esperó serena en una de las esquinas, con los brazos sobre las cuerdas. Al principio, la lucha comenzó en el cuadrilátero, pero concluyó fuera del ring, en el cemento.

Pero las luchadores que fueron esperadas y a las que el público también ovacionó fueron Carmen Rosa La Campeona, Julia La Paceña y Yolanda La Amorosa. Todas ellas hicieron gala de sus habilidades en el ring. Las polleras y las trenzas que las caracterizan no fueron un impedimento para pelear de igual a igual con los varones. A diferencia de ellas, los hombres tenían cubiertos sus rostros con máscaras y eran más musculosos.

Con saltos, golpes y otros movimientos propios de la lucha libre, las mujeres se impusieron ante un público de todas las edades, desde niños hasta personas de la tercera edad.

El luchador Tobi fue uno de los más abucheados, pues ni bien ingresó al garaje pateó una de las sillas. El arbitro, Gabo Montino, también recibió las rechiflas del público porque en lugar de dirigir la contienda se puso a golpear a Bismark Junior.

El show, denominado “Fiesta film viendo las estrellas” comenzó a las 21:30, aproximadamente. Como parte del escenario fue montado un juego de luces que hacía que el ambiente se volviera una discoteca.

La música no faltó y tampoco quienes bailaron al ritmo de ella, mientras en el cuadrilátero se desarrollaban las feroces peleas.

También se habilitó una pantalla gigante donde se proyectó de manera simultánea el documental sobre las luchadoras, donde no sólo se muestra las luchas en el cuadrilátero, sino también su pelea en su diario vivir, su sobrevivencia junto a sus familias y esposos.

La saya afroboliviana también encantó al público y se apoderó del ring con sus movimientos.

Lo paradójico fue que fuera, en el ring, los luchadores son enemigos, pero en los camerinos todos ellos, como buenos amigos, entrenan juntos.

martes, 6 de diciembre de 2011

Cholitas Luchadoras en World Press Photo

Pese al frío y las incomodidades, la muestra del World Press Photo 2011, que se exhibe en el Museo San Francisco, está a punto de superar el número de visitantes registrado el 2007 (18.000).

Luego de tres semanas de exposición, la muestra del World Press Photo 2011 ha recibido más de 17.000 visitantes, informó José Luis Ríos, director ejecutivo del Centro Cultural Museo San Francisco, lugar donde las principales fotos de prensa a nivel mundial se hallan en exhibición para el público.

“El peor día (7 de julio) recibimos 830 visitantes, mientras que la mejor jornada (5 de julio) 1.545 personas vinieron al museo”, manifestó Sandra Boulanger, curadora de la muestra, que estima que hasta el 17 julio, fecha en que se cierra la exposición, recibirán poco más de 20.000 visitas.

“En años anteriores contamos con la presencia de colegios, pero en esta ocasión la exposición coincidió con las vacaciones invernales”, señala Ríos. Pese a eso, y a la incomodidad, en el acceso al museo, que conlleva el trabajo del municipio en las áreas circundantes, el Director del Centro Cultural considera que la muestra fotográfica ha sido la exposición más exitosa, en términos de asistencia y comentarios, de este año.

Ni siquiera las bajas temperaturas que se registran en nuestra ciudad han logrado reducir la afluencia de visitantes.

“A las nueve de la noche es cuando más gente hay, aunque a esa hora el frío se siente con mayor intensidad”, confirma Ríos y añade: “Sandra (Boulanger) consolidó este evento anual, con un trabajo de hormiguita, a fin de traer una exposición gráfica de primer nivel al público paceño”.

Una de las imágenes más visitadas es la secuencia de las cholitas luchadoras, que, en palabras de Ríos, “representa la presencia de la cultura chola a nivel internacional, y sobre todo, de la mujer de pollera”. Al respecto, Boulanger indica que en versiones anteriores del concurso World Press las fotos de estas cholitas ya estuvieron presentes, pero enviadas por otros reporteros gráficos, aunque el jurado de entonces no les encontró relevancia noticiosa.

Aparte del trabajo de Boulanger, la muestra llegó a la ciudad de La Paz gracias al patrocinio de la Embajada de los Países Bajos, del Ministerio de Culturas y de la Oficialía Mayor de Culturas. Luego del 17 de este mes, las fotos serán enviadas a Holanda, de donde partirán a otro país.

Cifras
Visitantes
Este año se espera batir el récord de asistencia que se alcanzó el 2007: 18 mil visitas.

Curadora
S. Boulanger
La gestora cultural se encarga, desde hace varios años, de organizar la exhibición gráfica.

Patrocinio
Holanda
La Embajada de los Países Bajos en Bolivia es el principal patrocinador del World Press Photo en nuestra ciudad.

La Razón

domingo, 13 de noviembre de 2011

Radiografía de las Cholitas Luchadoras Bolivianas

Los bolivianos ya estaban hartos de Titanes en el Ring y otros semejantes, así que los luchadores probaron con dejar entrar a sus mujeres, cholitas obedientes y aferradas a las tradiciones. No sabían lo que les esperaba, cuando le tomaron el gusto al deporte (o a la violencia, andá a saber) terminaron partiéndose cajones en la cabeza para deleite de los espectadores y de los patrocinadores.

Porque como de costumbre, esto parece un triunfo en la igualdad de sexos, pero qué querés que te diga. Se le siente un tufillo a nuevo modelo de explotación femenina. ¡Quién lo hubiera esperado de las más profundas tradiciones andinas? Pero ahí está, nos lo trae Alberto Moroy para nuestra sorpresa y para que veas que estas cosas que parecen tan modernas resulta que tienen origenes milenarios. Por si te interesa agregamos que chauvinismo estaría mal usado también en este caso, que se ajusta más a “misoginia” (odio o desprecio a las mujeres) o quizás también “ginofobia” (temor a las mujeres). ¿O ambas cosas son perversamente lo mismo?

Hoy Viajes nos lleva a La Paz, Bolivia para conocer un deporte extraño en cuanto al género de quienes lo practican, ya que el “Cachacascan criollo”, que muchos conocimos, (Titanes en el Ring, Gladiadores del Ring,) era y es practicado por hombres. En la portada Mujeres bolivianas de mediana edad, vistiendo las tradicionales faldas largas y sombreros, luchan hasta el fin, en uno de los deportes más extraños: la lucha libre femenina boliviana. Si bien el origen es moderno 2003, las raíces hay que buscarlas en el “Tinku”, un ritual y danza folklórica de Bolivia, de tiempos incaicos.

Estas combatientes vestidas extrañamente, en su mayoría madres y amas de casa, son héroes, donde miles de personas se reúnen para ver los combates cada semana. Las luchadoras son conocidas como “Cholitas”, y es extraordinariamente difícil competir, pues las mujeres saltan desde las cuerdas, vuelan por el aire y se golpean con verdadera fuerza. Lesiones y caras ensangrentadas son comunes. Las reglas permiten que se puedan romper cajones de madera sobre las cabezas de sus contrincantes.

Las peleas de las cholitas luchadoras han comenzado a extenderse por este país andino. El fenómeno empezó hace casi ocho años cuando los luchadores masculinos, desesperados por atraer más público a sus espectáculos, decidieron subir a mujeres al ring. Las primeras peleas se dieron en El Alto, ciudad-dormitorio de La Paz, pegada al aeropuerto J.F. Kenedy, de un millón de habitantes, a más de 4.000 m de altitud y de mayoría Aymará. Ya en el 2003, vi a mujeres pelear en una calle, me llamó la atención que la gente se arremolinara, pero nadie se animo a separarlas ,comento un turista. En las ciudades de El Alto y La Paz, las más pobladas de Bolivia, ya hay al menos ocho grupos de cholitas luchadoras, que se presentan con sobrenombres de batalla sugestivos, como ‘Juanita, la cariñosa’, ‘Elizabeth Rompecorazones’, ‘Jennifer Dos Caras’, ‘Marta, la Alteña’, ‘Remedios, la misteriosa’ o ‘Silvina, la Poderosa’.Las luchadoras suelen ser amas de casa o comerciantes

Relato

Llegó la hora de Yolanda “La Amorosa”. La luchadora, de menos de 30 años, camina hacia el ring con la elegancia de una actriz que llega al Festival de Cannes. Levanta la mano para saludar a su público, que la aplaude, le grita, la alienta, le chifla, le exige. Camina lento, con estirpe real y bambolea su faldón rosa. No parece una luchadora ruda, sino más bien una princesa inca. Tiene los ojos achinados, la nariz fina a pesar del puñetazo que más tarde supe que le pegó su padre, los labios grandes y el pelo azabache. Lleva una mantilla tejida a crochet y aros que parecen de oro, y que se quitará antes de luchar. Yolanda La Amorosa sube al ring y le muestra a sus seguidores lo que ellos quieren ver: puños cerrados y cara de mala. Hoy son más de 10 luchadoras que lograron que el cachacascán boliviano llegara al Show de Cristina en Miami, al National Geographic, a diarios españoles y alemanes; a la pantalla grande. El filme Cholita Libre, que retrata la vida y la lucha de cuatro bolivianas ganó recién el Festival de Cine y Mujer en Argentina.
Posibles orígenes

El Tinku es un ritual y una danza folklórica de Bolivia. El significado de la palabra Tinku en quechua es “encuentro” y en aymará significa “ataque físico”. es un ritual preincaico que se practica anualmente durante varios días en las comunidades de la región denominada Norte Potosí y en Sur Oruro en Bolivia. El tinku es originario de la región en que habitan los Laimes y Jucumanis (comunidades quechuas), situada al norte del departamento de Potosí y al Sur del departamento de Oruro. El rito ceremonial constituye un combate entre comunidades que se efectúan en entre varones, mujeres “Imilla wawas” (mujeres solteras) y niños de ambas comunidades. Los enfrentamientos corresponden a un ordenamiento social establecido. Generalmente las peleas son de uno contra uno, pero muchas veces el excesivo consumo de sustancias alcohólicas como la chicha lleva a peleas en conjunto, las que pueden causar graves heridas y hasta muerte. Últimamente las peleas están siendo controladas y vigiladas por un árbitro, que son las autoridades máximas de estas comunidades; ”el Cacique y el Alcalde Mayor.

El Correo